Rhema está casada, pero no le gustan los hombres.
Los hombres le han hecho daño.
“Los hombres son malos», dice. Una frase infantil en la que bullen horrores.
Rhema no ha tenido suerte con su esposo.
Quiere dejarle, irse lejos, pero él nunca lo permitirá. Y aquí él es quien manda.
El día es mejor si la ira no le llena los ojos de sangre. Y quizás la noche también sea tranquila.
A veces, muy pocas, las aguas del infierno en el que Rhema navega se calman.
Otras, el alcohol despierta los demonios en su marido.( furia)??
Es entonces cuando hay que esconderse, cubrirse la cabeza con los antebrazos, pegar las rodillas al pecho y esperar rezando en silencio.
Esta vez la mano ha detenido el hacha.
Rhema ahora es manca.
Se ayuda con los dientes para ponerse la bata verde y entrar en quirófano.
Está rodeada de blancos a los que no entiende.
Vienen de un mundo lejano, sus palabras le resultan incomprensibles, pero sus ademanes son afables.
Sabe que aquí nadie va a herirla.
Su mirada, durante un rato, deja de ser huidiza.
El cirujano consigue reparar los tendones seccionados tras horas de meticuloso trabajo.
Rhema despierta y mira la punta de sus dedos, que asoman al final de la gruesa escayola. Los mueve con esfuerzo.
El dolor no importa.
Rhema sonríe agradecida
Es tarde.
Demasiado tarde ya.
La madre sale de la choza con su hijo en brazos
Los pies callosos no hacen ruido en la tierra, pero sus pasos son firmes, precipitados. Los ojos despavoridos.
Tiene prisa y no mira atrás.
Su hijo no le pesa. Es pequeño. Frágil. Bello.
Hace muy poco que dejó de ser un bebé.
Las alimañas acechan; ojos ávidos que relumbran en una noche sin luna.
Los vecinos comprenden por fin. El humo… La choza arde en llamas.
¿Cómo ha sucedido?
El pequeño se tumba de costado para protegerse.
Medio cuerpo, media cara, una pierna se queman. El tendón se ha contraído por el fuego.
No hay mucho que hacer: Necesitaría de sucesivas operaciones durante su crecimiento.
Y nunca tendrá acceso a ellas en este valle
Es valiente. Sólo llora mientras le curan las heridas.
“Mamma, mamma, mamma…”
El enfermero, impotente, le acuna en su regazo.
Sus manos son blancas; su voz también lo es.
«Ea, ea, ea.»
Canta un mantra de ternura para conjurar el dolor, sofocar su llanto.
Sabe que todo es inútil, pero sigue cantando.
La madre espera detrás de la puerta.
Ella no llora. No se lamenta. El sufrimiento aquí es un viejo conocido…
¡Y su hijo sigue vivo!
… aunque ojalá pudiera cargar ella con todo su dolor.
“Mamma, mamma, mamma…»
















